Pintura del gobernador, alcaldes y regidores de México 1563-1566


Manuscrito del gobernador, alcaldes y regidores de México 1565


  • Este manuscrito pictográfico del siglo XVI, escrito en México, contiene las declaraciones de los inculpados y testigos en una investigación de los cargos de mala administración y abusos presentados contra el virrey don Luis de Velasco y otras autoridades españolas en Nueva España, el nombre que recibía México en ese entonces. Don Jerónimo de Valderrama, enviado a México por orden de Felipe II de España, llevó a cabo la investigación entre 1563-1566. Estas personas y sus testificaciones se representan por medio de pictografías, seguidas de una explicación en náhuatl y español castellano para los escribanos, ya que intérpretes de náhuatl tradujeron las declaraciones de los indígenas. Los dibujos son una fuente inapreciable de información sobre la vida cotidiana del México colonial. En ellos se describen los edificios civiles y religiosos, la construcción de viviendas, las obras públicas (como las acequias, los puentes y los caminos), la indumentaria masculina y femenina de españoles e indígenas, los oficios y actividades económicas (como la agricultura, la recolección de frutos, la limpieza y la decoración), los utensilios e instrumentos para fabricarlos, y la moneda utilizada (de oro o cacao) para pagar los tributos. Se representa una expedición militar a Florida con un hombre a caballo, que lleva el estandarte decorado con el águila sobre un nopal, seguido de cuatro indígenas, vestidos con indumentaria castellana, que acompañan a los soldados españoles. También se conoce el documento como el Códice Osuna, por su poseedor, el duque de Osuna e Infantado, cuya biblioteca pasó a formar parte de la Biblioteca Nacional de España en 1883, si bien no es un códice propiamente dicho. Es más un documento administrativo que en algún momento se separó, debido a sus atractivos dibujos, del voluminoso expediente relacionado con el viaje de Valderrama a México. El documento, de 39 páginas, conserva su foliación original (463-501), prueba de que alguna vez fue parte de un expediente más grande.
  • AQUÍ VERLA EN ZOOM

    http://www.wdl.org/es/item/7324/zoom/

    Fecha de creación

  • 1565 d. C.

    Idioma

  • Náhuatl clásico
  • Lugar

  • Período

  • Palabras clave adicionales

  • Descripción física

  • 32 x 22 centímetros. 39 hojas

    Institución

  • Recursos externos

  • http://hdl.loc.gov/loc.wdl/spmabn.7324

Juan de O’Donojú, su esposa y trágicos final de ambos.


 

En Tacuba 65, entre Palma e Isabel la Católica, se yergue un palacio de tezontle cuyos bajos han sido asaltados por zapaterías, tiendas de ropa y perfumerías. Los rótulos —Bandolino, D’Vargas, Mishka, Fraiche, Zapaterías León—, así como una fila de arbolillos sembrados en la banqueta, ocultan la belleza desnuda del edificio: la ciudad de los palacios no es hoy más que una serie de calles abiertas al consumo.

Sin embargo, cuando esa marejada de signos distractores permite a los peatones levantar la cabeza, aparece como de golpe un portento del siglo XVIII, un caserón que sólo pudo ser habitado por nobles, por condes, por virreyes.

En ese sitio vivió doña Josefa Sánchez Barriga, la última virreina de la Nueva España.

En ese sitio se tejió una de las historias más trágicas, más sórdidas y más olvidadas de la historia de México. No está mal pensar en ella mientras uno se prueba unos zapatos.

Que doña Josefa Sánchez Barriga fue la última virreina de la Nueva España es un decir, porque, cuando ella desembarcó en Veracruz en compañía de su esposo, don Juan de O’Donojú, el país se hallaba incendiado por la guerra y las Cortes de Cádiz acababan de suprimir los virreinatos.

O’Donojú estaba destinado a ser un personaje infortunado. A sólo un mes de que aceptara firmar el acta de Independencia y de que entrara marchando con el Ejército Trigarante a la ciudad de México, murió repentinamente, a) a consecuencia de una pleuresía; b) envenenado por Agustín de Iturbide, según apunta Carlos María de Bustamante.

Su mujer, que había llegado para ser virreina, de pronto se encontró completamente sola. No podía volver a España porque Fernando VII había declarado traidor a su marido (“Lo envié a que me conservase esos reinos, no a que los diese a los enemigos de la Corona”) y en su cólera había proscrito, también, a su familia entera.

Aunque Iturbide le destinó una pensión de mil pesos mensuales —en pago por los servicios que su esposo había prestado a la Independencia—, la abdicación de éste a la corona imperial hizo que aquel pago se suspendiera.

El país quedó en bancarrota. Se sucedieron las revoluciones, las asonadas, los pronunciamientos. En medio de la orgía de sangre, nadie volvió a pensar en la virreina fallida.

Hacia 1930 Joaquín Meade y Trápaga halló en el Archivo General de la Nación un paquete de cartas que habían pertenecido a la virreina. Encontró también los documentos del juicio de desalojo que se siguió a doña Josefa cuando dejó de pagar la renta del palacio de Tacuba 65. Aquí la liga

DICCIONARIO PARA LA LECTURA DE TEXTOS COLONIALES EN MÉXICO


DICCIONARIO PARA LA LECTURA DE TEXTOS COLONIALES EN MÉXICO

Julio César Montané Martí

 

Hermosillo, Sonora

 

1998

 

Esta obra fué premiada por el programa de apoyo a las culturas municipales y comunitarios PACMYC

 

Este libro es el resultado de reunir mis anotaciones a pie de página en la transcripción de documentos. Así poco a poco fui creando un diccionario para no tener que buscar nuevamente las referencias. Con el tiempo se amplió lo suficiente como para que pensara que podría serle útil a otros. Por lo que contiene los términos poco usados y están señalados en forma puntual. También incluyo los términos que nos permitan la lectura de textos de alquimia. No es un diccionario de historia colonial, razón por la que no se encontraran términos como inquisición, rey, jesuitas, etcétera. Pero sí los términos que denotan medidas, que no siempre los tenemos presentes. Es decir, lo que aquí publicamos no tiene mayores pretensiones y espero que pueda ser útil a los estudiantes de historia. He anotado algunas de las obras que utilicé.

 

Las equivalencias con el sistema métrico sólo son válidas para una apreciación de las medidas. Pero no puede esperarse una equivalencia exacta. Pues las medidas en la época colonial e incluso en el siglo pasado era muy variantes. Cambiaban de una localidad a otra. En el Censo Agrícola y Ganadero para Sonora en 1930, una damajuana para líquidos equivalía en Altar a 18, 750 litros; en Cumpa 17 litros y medios; en Opodete 20 litros, y en Suaqui 17 litros. Un galón para líquidos equivalía en Bacerac a 4 litros; en Granados a 10 litros; en Moctezuma a 4 y medio litros; y en Quiriego a 3 litros y medio.

 

La historiadora Raquel Padilla muy gentilmente revisó el original y me sugirió inteligentes modificaciones. Igualmente el arqueólogo César Quijada me indicó acertadas sugerencias. También el historiador Juan José Gracida examinó el original haciéndome valiosas observaciones. La antropóloga Adelaida Bustamante propuso importantes modificaciones. Lo que agradezco a los nombrados investigadores.

 

Siempre me es posible investigar gracias al apoyo que me brinda el Instituto Nacional de Antropología e Historia en el que laboro en su Centro Regional Sonora, y al estímulo de toda una vida compartida con Helga Krebs, madre de nuestros hijos Alvaro y Bruno, a quienes también dedico este modesto trabajo.

 

Julio César Montané Martí

 

ENTRA A ÉSTA LIGA

http://www.colson.edu.mx:8080/testamentos/Diccionario_montane.aspx

 


 

Los primeros nombres de las calles de la Ciudad de México


Los primeros nombres de las calles de la Ciudad de México

Por Raquel Vargas

París es considerada como una de las primeras ciudades cuyas calles tuvieron nombre. Sin embargo, las calles de Tenochtitlán tuvieron nombre desde mucho tiempo antes. Mientras París tenía una población aproximada de 200 mil habitantes en el siglo XVII, para el año 1519 Tenochtitlán era una metrópoli con una población aproximada de 300 mil habitantes, lo que la hacía, probablemente, la ciudad más grande del mundo.

Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán en el año 1519, encontró una ciudad perfectamente estructurada. Se trataba de un emplazamiento cuyo trazo estaba diseñado para que se pudiera llegar a cualquier punto por vía fluvial, a través de canales de diferentes dimensiones que se conectaban entre sí y, sobre los más anchos e importantes, cruzaban calzadas.

La ciudad tenía tres tipos de calles: unas de tierra firme, otras que eran los canales por donde circulaban canoas y las terceras, que tenían forma mixta: una parte la constituían camellones sólidos adosados a los edificios, por los que caminaban las personas, mientras la otra mitad se destinaba a la circulación de embarcaciones, que se llamaban bordos. Pero lo más interesante de esta estructura, es que las calles tenían nombre. León Portilla señala que las calles de la ciudad prehispánica habían ido recibiendo sus nombres casi siempre en función de sus más obvias características. Ejemplo de ellos son los nombres de:

 

Cihuateocaltitlán, “Al lado del templo de las diosas”

Tocititlán, “Al lado de la diosa Toci”

Tecpancaltitlán, “Al lado del palacio”

Temazcaltitlán, “Al lado de los baños de vapor”

Tomatlán, “Donde hay tomates”

Zapotlán, “Donde hay zapotes”

Atenantitech, “Junto al bordo de agua”

Acalotitla, “Al lado de las barcas”

Acolco, “Donde se tuerce el agua o la acequia”.

Todos estos nombres desaparecieron con la colonización española porque hacían referencia a los templos que fueron derribados, pero muchos otros nombres de origen prehispánico aún se conservan, tanto en calles como en estaciones del metro y otros lugares de la ciudad y nos permiten imaginarnos el paisaje que existía y que originó su nombre.

Al sur de la Ciudad encontramos la colonia Copilco que significa “en el cucurucholo que posiblemente aludía a la forma de algún cerro de la zona; y Coyoacán, que proviene de Coyohuaca y que significa “Lugar del Coyote Flaco”.


Los cerros eran frecuentemente utilizados para distinguir un lugar, ejemplo de ello son los siguientes nombres: Chapultepec
“en el cerro del chapulín”; y Ecatepec
“en el cerro del aire”.
Por Ejecatl (dios
del viento)

Tlalpan fue la primera población sobre tierra firme del lado sur del valle, a la que llamaron de este modo porque proviene de tlalli, tierra y de pan, sobre, por lo que significa “sobre la tierra”. La segunda población encontrada al sur, fue Tepepan, que proviene de tepetl, cerro, y de pan, sobre, lo que significa “sobre el cerro”.

Huipulco era un lugar poco poblado porque era un territorio donde abundaban las espinas, su significado es precisamente “en donde hay espinas grandes o gordas”.

De acuerdo con otros historiadores y cronistas, coinciden que Tláhuac es aféresis de Cuitláhuac,
que se compone de cuitlatl, suciedad, caca, y de huacqui, seco, por lo que la interpretación significa “en la caca seca”.


La colonia Anáhuac conserva el nombre que en un momento dieron los aztecas a toda la extensión de territorio comprendido en los lagos que ocupaban el Valle de México, era el nombre de una región, que significa “junto al agua”, en tanto que Tacubaya significa “lugar donde tuerce un arroyo”

Cuajimalpa refería a un pueblo en el camino a Toluca donde desde tiempo de los Aztecas se cortaba y labraba madera, y significa “en el astillero”.

Xoco, que da el nombre por el cual se conoce al Hospital de Traumatología de Coyoacán, es la abreviación de Xocotitlán, que significa “entre los árboles frutales”; y la estación de ferrocarril mejor conocida como Pantaco, toma su nombre de Pantecatl, deidad del vino entre los mexicanos, por lo que su significado es “lugar de Pantecatl”

Popotla proviene de Popotl, que expresa abundancia. Dado que el popote es el tallo de una planta de la familia de las gramíneas que se utilizaba para hacer escobas.

Tlanepantla se compone de tlalli, tierra, y de Nepantla, en medio, por lo que su significado es “en medio de la tierra”. Topilejo diminutivo castellano de topil, “el que tiene la vara de justicia, alguacil” y el significado de Azcapotzalco es “en la tierra de las hormigas”.

Tulyehualco proviene de la palabra Tulyahualco o Tuyahualco, que significa “en los muros o cercos de tule”.

Xochimilco se compone de xochitl, flor y milli, sementera, “en las sementeras de flores”, los xochimilcas fueron los primeros que llegaron al valle y que se dedicaron al cultivo de flores.

Zacatenco, proviene de zacatl, zacate, yerba de forraje, por lo que su significado es “en la orilla del zacate”


León Portilla Miguel (2009), Nomenclatura Indígena en la Ciudad de México. http://www.metropoli.org.mx/node/16228

Robelo A., Cecilio (1977), Nombres Geográficos Mexicanos del Distrito Federal. Estudio Crítico-etimológico. Publicaciones de la Tesorería del Departamento del Distrito Federal

Los primeros nombres de las calles de la Ciudad de México


Los primeros nombres de las calles de la Ciudad de México

Por Raquel Vargas

París es considerada como una de las primeras ciudades cuyas calles tuvieron nombre. Sin embargo, las calles de Tenochtitlán tuvieron nombre desde mucho tiempo antes. Mientras París tenía una población aproximada de 200 mil habitantes en el siglo XVII, para el año 1519 Tenochtitlán era una metrópoli con una población aproximada de 300 mil habitantes, lo que la hacía, probablemente, la ciudad más grande del mundo.

Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán en el año 1519, encontró una ciudad perfectamente estructurada. Se trataba de un emplazamiento cuyo trazo estaba diseñado para que se pudiera llegar a cualquier punto por vía fluvial, a través de canales de diferentes dimensiones que se conectaban entre sí y, sobre los más anchos e importantes, cruzaban calzadas.

La ciudad tenía tres tipos de calles: unas de tierra firme, otras que eran los canales por donde circulaban canoas y las terceras, que tenían forma mixta: una parte la constituían camellones sólidos adosados a los edificios, por los que caminaban las personas, mientras la otra mitad se destinaba a la circulación de embarcaciones, que se llamaban bordos. Pero lo más interesante de esta estructura, es que las calles tenían nombre. León Portilla señala que las calles de la ciudad prehispánica habían ido recibiendo sus nombres casi siempre en función de sus más obvias características. Ejemplo de ellos son los nombres Cihuateocaltitlán, “Al lado del templo de las diosas”, “Tocititlán, “Al lado de la diosa Toci”, Tecpancaltitlán, “Al lado del palacio”, Temazcaltitlán, “Al lado de los baños de vapor”, Tomatlán, “Donde hay tomates”, Zapotlán, “Donde hay zapotes”, Atenantitech, “Junto al bordo de agua”, Acalotitla, “Al lado de las barcas”, Acolco, “Donde se tuerce el agua o la acequia”.

Todos estos nombres desaparecieron con la colonización española porque hacían referencia a los templos que fueron derribados, pero muchos otros nombres de origen prehispánico aún se conservan, tanto en calles como en estaciones del metro y otros lugares de la ciudad y nos permiten imaginarnos el paisaje que existía y que originó su nombre.

Al sur de la Ciudad encontramos la colonia Copilco que significa “en el cucurucho” lo que posiblemente aludía a la forma de algún cerro de la zona; y Coyoacán, que proviene de Coyohuaca y que significa “Lugar del Coyote Flaco”.

Los cerros eran frecuentemente utilizados para distinguir un lugar, ejemplo de ello son los siguientes nombres: Chapultepec “en el cerro del chapulín”; y Ecatepec “en el cerro del aire”.

Tlalpan fue la primera población sobre tierra firme del lado sur del valle, a la que llamaron de este modo porque proviene de tlalli, tierra y de pan, sobre, por lo que significa “sobre la tierra”. La segunda población encontrada al sur, fue Tepepan, que proviene de tepetl, cerro, y de pan, sobre, lo que significa “sobre el cerro”.

Huipulco era un lugar poco poblado porque era un territorio donde abundaban las espinas, su significado es precisamente “en donde hay espinas grandes o gordas”.

De acuerdo con otros historiadores y cronistas, coinciden que Tláhuac es aféresis de Cuitláhuac, que se compone de cuitlatl, suciedad, caca, y de huacqui, seco, por lo que la interpretación significa “en la caca seca”.

La colonia Anáhuac conserva el nombre que en un momento dieron los aztecas a toda la extensión de territorio comprendido en los lagos que ocupaban el Valle de México, era el nombre de una región, que significa “junto al agua”, en tanto que Tacubaya significa “lugar donde tuerce un arroyo”

Cuajimalpa refería a un pueblo en el camino a Toluca donde desde tiempo de los Aztecas se cortaba y labraba madera, y significa “en el astillero”.

Xoco, que da el nombre por el cual se conoce al Hospital de Traumatología de Coyoacán, es la abreviación de Xocotitlán, que significa “entre los árboles frutales”; y la estación de ferrocarril mejor conocida como Pantaco, toma su nombre de Pantecatl, deidad del vino entre los mexicanos, por lo que su significado es “lugar de Pantecatl”

Popotla proviene de Popotl, que expresa abundancia. Dado que el popote es el tallo de una planta de la familia de las gramíneas que se utilizaba para hacer escobas.

Tlanepantla se compone de tlalli, tierra, y de Nepantla, en medio, por lo que su significado es “en medio de la tierra”. Topilejo diminutivo castellano de topil, “el que tiene la vara de justicia, alguacil” y el significado de Azcapotzalco es “en la tierra de las hormigas”.

Tulyehualco proviene de la palabra Tulyahualco o Tuyahualco, que significa “en los muros o cercos de tule”.

Xochimilco se compone de xochitl, flor y milli, sementera, “en las sementeras de flores”, los xochimilcas fueron los primeros que llegaron al valle y que se dedicaron al cultivo de flores.

Zacatenco, proviene de zacatl, zacate, yerba de forraje, por lo que su significado es “en la orilla del zacate”

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León Portilla Miguel (2009), Nomenclatura Indígena en la Ciudad de México. http://www.metropoli.org.mx/node/16228

Robelo A., Cecilio (1977), Nombres Geográficos Mexicanos del Distrito Federal. Estudio Crítico-etimológico. Publicaciones de la Tesorería del Departamento del Distrito Federal

Población Virreinal


Población virreinal

La población de México, en el momento en que dejó de ser Nueva España, oscilaba alrededor de los seis millones, de los cuales cuatro millones eran indígenas. La ciudad capital daba abrigo a unas 150,000 personas, que aumentaron durante la guerra de Independencia cuando se buscaba refugio del conflicto bélico, y descendieron cuando la gente regresó a sus lugares de origen. Alrededor de 125,000 almas lo habitaban para mediados de la década de los 1820 y medio millón en el Porfiriato. Puebla era la segunda ciudad en importancia y Guanajuato, Zacatecas y Guadalajara le hacían la competencia, con 20 a 40,000 000 habitantes. Salvo las capitales de los estados, que rara vez sobrepasaban los 10,000 habitantes, la mayoría de la población se encontraba en localidades formadas por pueblos, haciendas y rancherías en los cuales vivían entre 100 y 500 personas.

Sobrevivir en el siglo XIX significaba haberse librado de las enfermedades de la niñez, las epidemias que rondaban siempre y las peores consecuencias de la pobreza. Tanto hombres como mujeres resintieron las guerras de Independencia, de Texas, de los pasteles, de la invasión norteamericana, de la intervención francesa, más innumerables pronunciamientos. Como informó un cura durante la guerra de Reforma, “esta villa esta reducida a escombros, multitud de familias han quedado en la miseria y lo más temible de todo es que la indiada de esta feligresía fue contribuidora a su destrucción prestándose al saqueo y llevándose hasta lo mas insignificante sin perdonar ni aun a sus mismos bienhechores”. Las guerras significaban la pérdida del patrimonio, el rompimiento de los lazos sociales, el encono de unos contra otros.

Las mujeres se enfrentaban a desafíos propios. La muerte materna era altísima. Había pocas opciones para ganarse la vida. Algunas mujeres eran prestamistas o tenían empresas, minas o haciendas que manejaban con la ayuda de asistentes, gerentes, mayordomos, compadres o parientes. Pero para las que no podían apoyarse en nadie, las abandonadas y las huérfanas, casi la única salida honorable era dedicarse a coser ajeno. Se podía hacer en casa de una patrona, en sus habitaciones a laborar en un “obraje de modas” de una tienda francesa o de alguna modista. Cualquier oficio en el cual una mujer tuviera que salir sola de su casa acarreaba una condena social, el estigma de una desamparada y, en consecuencia, de una virtud permanentemente cuestionada. Sólo las monjas, enclaustradas y protegidas de la maldad del mundo, se salvaban de la duda. Las costureras apenas ganaban lo suficiente para mal comer y pagar la renta de un cuarto miserable. Se les acababa la vista por la mala iluminación, al coser de noche. Contraían tuberculosis por las condiciones poco higiénicas en que trabajaban, sentadas largas horas expuestas a corrientes de aire, respirando el polvo de las telas, en mala postura. Se las suponía cayendo fácilmente en relaciones que nunca llevaban al matrimonio, en un esfuerzo por mejorar su suerte. No era un destino envidiable. Desde el momento en que las mujeres alcanzaban otras opciones vocacionales, procuraban no dedicar su vida a la aguja y al hilo, símbolos de miseria y muerte temprana.

*La vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, 2010.