La calle de la Palma


La calle de la Palma

Por Alejandra McCartney*

Prolongación de Lerdo, ahora Palma, en un principio no se le conocía como la Calle Real, denominación que se le daba a aquellas calles que carecían de un nombre; pero cuando se comenzó a hacer la repartición de solares, ya adquirió el nombre de calle de Jerónimo López, quien fuera un valiente y aguerrido conquistador. Al Jerónimo al que hacemos referencia es al Viejo, apodo que se le puso para poderlo diferenciar de su hijo al que llamaban el Mozo, para así poder diferenciarlos a ambos.

Las crónicas nos cuentan que en los papeles que tenía en su poder Don Ignacio del Villar Villamil, Duque de Castroterreño, se podía leer sobre los dueños de algunas casonas de la calle de la Palma, en especial la que diera el nombre actual a esta calle. Vamos a ver de qué se trata.

Los papeles en cuestión nos hablan de un tal Miguel, cuyos apellidos se perdieron en el tiempo, tuvo en su poder una cantidad amplia de terreno en la esquina de Palma y Avenida 16 de Septiembre, pero pasaron 2 años y el caballero en cuestión no hizo construcción alguna por falta de fondos, el Ayuntamiento le quito el solar y se lo cedió a Juan Rodríguez de Villafranca, quien en menos de lo que canta un gallo levanto un gran edificio, que hacía honor a aquel rico negociante; el tiempo pasó y el caballero vendió la finca a un elevado precio, pues construyó una mucho mejor en otra parte. El nuevo dueño pasó a ser Juan Lasala o de la Sala, pues se le conocía de las dos formas; murió este señor y la casa pasó a heredarla su hija Juana, quien era viuda y tenía seis o siete hijos. La mujer pidió una licencia y puso la casa en venta para pagar deudas que también para su mala suerte heredó.

A esta vieja casona que Juana pusiera en venta se le conocía como la de la Palma, pues en un jardincillo que tenía a un lado había una muy crecida palma que se mecía elegante con el aire; no se sabe quién la sembró, tal vez el pobre Miguel, el rico Juan Rodríguez o Lasala, porque esa planta ya era muy vieja. Nunca sabremos de donde llegó.

El caserón deteriorado lo adquirieron después los frailes dominicos por medio del procurador Fray Alonso de Herrera, y al poco tiempo comenzaron los trabajos para reedificar aquel tan deteriorado edificio, que se podía caer si una mosca pasaba volando; y tal vez fue durante estos trabajos cuando la famosa palma fue arrancada de raíz. Esta planta debió haber durado mucho tiempo en ese lugar y haber sido muy grande, como para ganarse a pulso que se bautizara una calle, que conocemos hoy como Cuarta de Palma y que antes se llamase Manuel Lerdo de Tejada; quien fuera a pensar que el nombre de un ilustre ciudadano pasara a ser sustituido por el de una humilde planta.

Los trabajos de reconstrucción que los dominicos habían mandado hacer estaban hechos con las patas, pues al poco tiempo el lugar comenzó a cuartearse y a hundirse, para lo que optaron por vender la casona a un tal Hinojosa, el cuál pignoró a otra persona así paso a diferentes dueños por un largo tiempo, con el consecuente deterioro del edificio que solo se mantenía en pie con pequeñas composturas.

El último propietario optó por demoler la casa en ruinas en 1840, para levantar una con aspecto grandioso y monumental, ya que así eran los edificios en aquella época; y por aquella belleza y esmero con que se construyeron las casonas y palacios, México adquirió fama entre los viajeros como la Primera Ciudad de América.

La calle de Palma fue la primera en ser empedrada durante el virreinato de Don Matías de Gálvez, siguiendo estos trabajos hasta el gobierno de Revilla Gigedo.

Para el año de 1840 llegó a México un italiano llamado José Besssoni, un hombre de agradable trato y conversación amena y fácil, quien al poco tiempo comenzó a levantar un edificio en donde había estado el de la famosa palma. Construido a base de ladrillo fue el primero en que se utilizó este material en la ciudad de México, pero a pesar de la críticas tan duras que recibió de la calidad del material se logró concretar la obra; sin embargo cuentan las crónicas que soportó terremotos y duró en pie muchos años. La edificación se hizo en tiempo record de cinco meses, pues Bessoni se comprometió con el dueño a terminar en este plazo, y si excedía este tiempo debía pagar $500 por cada día. El edificio era muy grande como para terminarlo en el plazo establecido, pero para sorpresa del dueño, el italiano terminó la obra faltando solamente un cuarto de hora para que se cumplieran los cincos meses.

Regresando a nuestra historia, te cuento que el edificio una vez terminado se convirtió en el hotel Bella Unión, en donde en la parte de arriba se encontraban las alcobas, que adquirieron fama por su comodidad y limpieza, y en su planta baja había un restaurante con el mismo nombre, el cuál poseía un alto prestigio por sus platillos franceses e italianos; no había mejores macarrones, ravioles y espaguetis en toda la ciudad, un auténtico deleite al paladar. La Bella Unión cambió de propietario y su nombre pasó a ser el de Hotel des Gaulois, que durase muchos años funcionando, pero lo que había sido el restaurante pasó a ser cafetería y persistió con su antiguo nombre; después cambió su nombre a el Fulcheri, que era un lugar donde la gente adoraba ir por su ostentoso lujo, los ricos vinos, la excelente cocina y los criados que les adivinaban el pensamiento a sus clientes.

Años después el Hotel des Gaulois cambió su nombre por Hotel de la Independencia, y para hacerle honor al nombre se mandaron colocar en las puertas del segundo piso los bustos de los héroes de la Independencia, entre ellos se encontraba Antonio López de Santa Anna, pero más tardaron en poner la imagen de este personaje que la gente en acabar con él a pedradas y echando injurias y oprobios; y no solo destruyeron el busto de su Alteza Serenísima, sino que también anduvieron arrastrando la famosa pata por toda la ciudad y destruyeron cuanta imagen encontraron.

Regresando al edificio que nos ocupa, les cuento que en ese lugar fue donde se tramó la rebelión de lo polkos y se firmaron varios tratados de paz entre gobiernos y pronunciados; en 1847 se podía leer en las fachadas de los edificios de la calle del Refugio y de la Palma lo siguiente: “Se admiten abonados a la mesa redonda por $25.00 mensuales. Almuerzos a las diez y media. Comida a la oración”.

Entre otros edificios importantes en esta calle, tenemos uno que lleva el número 34, en donde por muchos años estuvo el lujoso Círculo Francés, que fue construido por el arquitecto Lorenzo de la Hidalga. Tenía una puerta secreta que salía hacia la calle de Bilbao por si había que emprender la graciosa huída.

En esta casa vivió también don Ignacio de Villar Villamil, duque de Castroterreño, a quien no se le podía ocultar el origen de ninguna familia mexicana, incluyendo en la lista a conquistadores y pobladores de la Nueva España, conociendo vida y milagros de cada integrante de la familia sin importar si estaba vivo o muerto, los orgullos y las vergüenzas, los buenos y los malos, en fin, no había detalle que este caballero no conociera. La casa de don Ignacio fue tirada para edificar en la que viviría Francisco Aquiles Bazaine por varios años.

Siguiendo nuestro recorrido, ahora nos detenemos en la casa que lleva el número 35, lugar donde vivió el doctor don Eusebio Ventura Beleña, gran jurista del “Consejo de su Majestad, oidor de la Real Audiencia, consultor del Santo Oficio de la Inquisición, maestro de la Real y Pontificia Universidad de México, juez protector de la villa y santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, asesor de la Renta de Correos, del juzgado general de Naturales y del Real Tribunal del importante Cuerpo de Minería”; y todavía este personaje se dio el tiempo se escribir los libros de “Recopilación Sumaria de todos los autos acordados de la Real Audiencia y Sala del Crimen de esta Nueva España y provincias de su superior gobierno”.

* Fuente: http://leyendascoloniales.blogspot.mx


 

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