Fundación de Tenochtitlan


 

 

Sabías que…

La ciudad del águila y la cruz

Jueves, 11 de Agosto

Alejandro Rosas / Historiador.

“Siempre deseé que esta ciudad
se reedificase, por la grandeza y
maravilloso asiento de ella”
Hernán Cortés

 

El 13 de agosto de 1521, luego de setenta y cinco días de sitio, la legendaria Tenochtitlan sucumbió ante el embate de los españoles y los miles de indígenas que se unieron al conquistador para terminar con el yugo del imperio azteca. No quedó piedra sobre piedra. Cortés avanzó difícilmente entre los escombros de las casas señoriales y palacios que lo habían maravillado en noviembre de 1519. La muerte impregnaba el ambiente.

Cientos de cadáveres tapizaban las calles de tierra; las de agua estaban anegadas. Conforme se fue desarrollando el sitio, los españoles tomaron calle por calle y casa por casa. Destruyeron todo a su paso para crear tierra firme en donde sólo corría agua. Un año antes, la tristemente célebre “Noche Triste” había marcado a los españoles. En la retirada muchos murieron ahogados en los canales al no encontrar caminos de tierra firme por donde huir. Al iniciar el sitio, Cortés cuidó hasta el último detalle y no olvidó la amarga experiencia: ordenó destruir las construcciones tomadas y arrojar los escombros sobre las acequias para garantizar una rápida retirada, sobre terreno sólido, en caso de que fuera necesario.

El hedor era insoportable. Se llegó a decir que los indios habían decidido no sepultar a sus muertos para utilizar la putrefacción de los cadáveres y sus fétidos olores como un arma contra los españoles. El aspecto general de la ciudad era lamentable, difícil se hacía la respiración por el aire contaminado, no había suministro de agua potable –el acueducto estaba destruido desde los primeros días del sitio– ni alimentos y en las pocas acequias que todavía corrían por la ciudad en ruinas se combinaban agua y sangre. Aquel 13 de agosto de 1521, Tenochtitlan era prácticamente inhabitable.

Hernán Cortés ordenó iniciar los trabajos de limpieza enterrando de inmediato los cadáveres para prevenir una posible epidemia de peste. El trabajo se llevaría varios meses. Mientras abandonaba la ciudad, en su cabeza surgió una nueva disyuntiva que debía meditar en los próximos días, ¿debía fundar la ciudad capital del vasto reino recién conquistado sobre aquella isla o edificarla sobre tierra firme?

Por lo pronto, el conquistador decidió establecerse en un pequeño pueblo que se encontraba en la costa sur del extenso lago. “Parecióme por el presente –escribió Cortés al rey Carlos V– no ser bien residir en ella [Tenochtitlan], por muchos inconvenientes que había y paséeme con toda la gente a un pueblo que se dice Coyoacán”.

 

* * *

 

De acuerdo con las leyes españolas, antes de poblar una región, los conquistadores debían constituir un Ayuntamiento cuya primera función era elegir un sitio adecuado para edificar. Al igual que lo sucedido en la Villa Rica de la Vera Cruz en 1519, Cortés organizó en Coyoacán el primer Ayuntamiento del valle de Anáhuac que se encargó de otorgar las mercedes reales –tierras– a todos los conquistadores para garantizar el poblamiento de lo que sería la capital de la Nueva España. En Coyoacán, la “amada villa” del conquistador, nació formalmente la noble y leal ciudad de México.

Para fundar un poblado, el Ayuntamiento atendía a las condiciones naturales del entorno, considerando que fuera sano, cómodo, ventilado y seguro, con agua potable, materiales de construcción, pastizales para ganado y de fácil acceso. A finales de 1521, el Ayuntamiento todavía no designaba el lugar donde se levantaría la ciudad española, pero había descartado casi por completo, hacerlo sobre la isla que sirviera de capital del imperio azteca. Aparentemente, el propio Cortés era renuente a edificar sobre Tenochtitlan. Al menos eso hacía pensar a los miembros del Ayuntamiento y a sus hombres. En su opinión, lo más conveniente era concluir los trabajos de limpieza de la isla, despoblarla y castigar con la horca a los indios que se establecieran en ella. La nueva ciudad se fundaría fuera de la isla, en tierra firme.

Conforme pasaban las semanas la isla fue recobrando su dignidad. Por las acequias volvió a correr el agua y el aire recobró su legendaria pureza. Aún así, los españoles sólo consideraban tres lugares para fundar la ciudad española sobre tierra firme: Tacuba, Texcoco y Coyoacán, los tres sitios reunían las condiciones adecuadas. Pero en los primeros meses de 1522, Cortés tomó la gran decisión de fundar sobre los restos de la ciudad indígena. La capital de la Nueva España se levantaría sobre los restos de México-Tenochtitlan y el conquistador profetizaba que llegaría a tener la majestad de otros tiempos, así lo hizo saber a Carlos V en su tercera carta de relación, fechada en mayo de 1522:

De cuatro o cinco meses para acá, que la dicha ciudad de Temixtitan se va reparando, está muy hermosa; y crea V.M. que cada día se irá ennobleciendo en tal manera, que como antes fue principal y señora de todas estas provincias, que lo será también de aquí adelante; y se hace y hará de tal manera, que los españoles estén muy fuertes y seguros, y muy señores de los naturales.

Ante los ojos de sus compañeros y de los miembros del Ayuntamiento, la decisión de Cortés no respondía a lógica alguna. Era una decisión descabellada, sin fundamento racional y tenía todos los inconvenientes: era un islote con sólo tres accesos a tierra firme, con acequias que cruzaban la ciudad por todos lados, con una fuente externa de agua potable, rodeada por un gran lago y estratégicamente vulnerable –como lo demostró el propio Cortés durante el sitio–. ¿Qué ventajas tenía sobre Coyoacán o Texcoco?

Durante el juicio de residencia que se llevó a cabo en 1529 contra el conquistador, uno de los testigos declaró sobre tan controvertida decisión: “…edificó contra voluntad de todos por sobre agua y por el peligro que en ella tienen de cada día los españoles que en ella moran por causa de los indios y por las calzadas que podrían romper y tomar a todos los hispanos en corral y hacer de ellos lo que quisiesen pudiendo hacer esta ciudad en Coyoacán o en Texcoco que eran lugares en tierra firme donde estuviera mejor y no dónde está.

Cortés había dado un paso audaz y temerario. No era la primera vez que lo hacía. Si en 1519 había quemado sus naves para no dar marcha atrás en su expedición, en 1522, las quemaba simbólicamente al rechazar tierra firme para fundar la capital de la Nueva España. De sus motivos destaca uno:

Esta ciudad en tiempo de los indios había sido señora de las otras provincias a ella comarcanas, que también era razón que lo fuese en tiempo de los cristianos y que así mismo decía que pues Dios Nuestro Señor en esta ciudad había sido ofendido con sacrificios y otras idolatrías, que aquí fuese servido con que su santo nombre fuere honrado y ensalzado más que en otra parte de la tierra.

Para un hombre práctico como Hernán Cortés, la motivación religiosa para fundar la ciudad sobre el islote era esgrimida para convencer a sus compañeros, a los miembros del Ayuntamiento y sobre todo al rey de España y no necesariamente por una verdadera convicción. Era creyente y respetuoso de su religión, en caso necesario sería su fiel defensor, como todos los españoles de la época, pero en su carácter pesaban más las razones de lógica política y sentido común. Ante la incertidumbre, Cortés solía tomar decisiones audaces y generalmente acertadas. Y al menos en esos primeros años inmediatos a la conquista, la fundación de la ciudad de México fue una de ellas.

La visión que tenía el conquistador era muy clara. Tenochtitlan no había sido una simple ciudad, sino el centro del universo en la cosmovisión azteca; todos los pueblos sabían de su existencia y por voluntad o fuerza la respetaban y rendían tributo a la capital imperial. Abandonar la isla podía propiciar su transformación en un bastión moral de resistencia contra la presencia española, en un mítico lugar donde los indígenas podrían encontrarse con sus deidades. Reedificando sobre ella, se consumaba la victoria de la razón española y la fe del único y verdadero Dios sobre el universo azteca.

 

* * *

 

Como el resto de los conquistadores, Alonso García Bravo tenía algo de aventurero y buscador de fortunas. Pero a diferencia de otros españoles que ávidos de riqueza se unieron a las expediciones al interior del continente Americano, García Bravo poseía una cualidad que lo hacía diferente de sus compañeros: por sus conocimientos en geometría y cálculo se convirtió en el alarife –maestro de obras– de la expedición de Hernán Cortés.

Alonso García Bravo tuvo su bautizo de fuego en la conquista del Pánuco en 1518. Durante la campaña en esa región construyó un sólido parapeto que sirvió de protección a los españoles. Los avatares de la conquista lo llevaron a Veracruz al tiempo que Cortés derrotaba a Pánfilo de Narváez. Sus trabajos en la construcción de la fortaleza y proyectando la Villa Rica impresionaron gratamente a Cortés quien decidió llevarlo a México para encargarle la primera traza de la que sería la capital de la Nueva España.
Mientras Cortés despachaba desde Coyoacán, Alonso García Bravo inició la tarea de levantar la nueva ciudad sobre la isla. El alarife de Cortés encontró elementos arquitectónicos aztecas que facilitaron la obra. La manera como estaba proyectada Tenochtitlan era semejante a muchas ciudades europeas: una plaza central en forma cuadrangular a donde llegaban calzadas principales, flanqueada en sus cuatro lados por los edificios de mayor importancia –templos, palacios, casas señoriales– y hacia atrás de cada uno de los costados construcciones menores.

Las calzadas de Tlacopan (Tacuba al oeste), Iztapalapa (Tlalpan al sur) y Tepeyac (al norte), junto con otra pequeña que corría del centro hacia el este y conducía al embarcadero de la Laguna de México, fueron utilizadas por García Bravo como ejes para la construcción de la ciudad española. A partir de ellas trazó líneas paralelas con respecto a las calzadas de Iztapalapa y Tepeyac y perpendiculares con respecto a Tacuba y la que corría hacia el embarcadero. La primera traza formaba un gran cuadrado y tenía una superficie un poco menor a las 145 hectáreas que tenía la ciudad indígena. El lado norte de la ciudad española estaba limitado por la actual calle de Colombia; el lado sur por San Jerónimo; el este por la calle La Santísima y el lado oeste por el actual Eje Central. Los calles de agua impidieron el amurallamiento de la ciudad, más se dispuso que en ella sólo habitarían los españoles. Los indios se agruparon en barrios –como en los viejos tiempos– detrás de las acequias que funcionaban como linderos naturales de la primera traza.

Antes de cambiar su residencia y la del Ayuntamiento a la ciudad que se construía en el islote, Cortés tomó sus providencias para garantizar la seguridad de los españoles en la nueva ciudad. Mandó construir la fortaleza de las atarazanas –cerca del mercado de la Merced– que contaba con un embarcadero donde atracó los trece bergantines utilizados durante el sitio de Tenochtitlan. La construcción guardaba además los pertrechos propios de los bergantines, las piezas de artillería y funcionaba como arsenal. En caso de una revuelta indígena, los españoles podían refugiarse en las Atarazanas y en el peor de los casos huir de la isla en los bergantines. Cortés explicó a Carlos V, el objeto de tan importante construcción:

Puse luego por obra, como esta ciudad se ganó, de hacer en ella una fuerza en el agua, a una parte de esta ciudad en que pudiese tener los bergantines seguros, y desde ella ofender a toda la ciudad si en algo se pudiese, y estuviese en mi mano la salida y entrada cada vez que yo quisiese, e hízose.

Hacia 1523, una vez terminada la construcción de las atarazanas, Cortés y sus hombres dejaron Coyoacán para trasladarse a la isla donde quedaría asentada definitivamente la capital de la Nueva España. Para poblar la ciudad inició el repartimiento de tierras como recompensa por los servicios prestados. Cada conquistador recibió dos solares dentro de los límites de la traza, uno por haber participado en la conquista y otro por ser vecino lo cual implicaba que debía establecer su residencia y permanecer en ella cuando menos durante diez años.

A pesar de las medidas de seguridad tomadas por Cortés –como favorecer cacicazgos indígenas para garantizar la lealtad a la corona–, los habitantes de la nueva ciudad difícilmente pudieron vivir con absoluta tranquilidad en los años inmediatos a la conquista. Una rebelión de indios era factible, y siendo numéricamente superiores las posibilidades de supervivencia de los españoles eran mínimas. Las primeras construcciones de la traza reflejaron el temor español, “según su solidez –escribió Cervantes de Salazar años más tarde– cualquiera diría que no eran casas sino fortalezas… Así convino hacerlas al principio, cuando eran muchos los enemigos, ya que no se podía resguardar la ciudad, ciñéndola de torre y murallas”.

Las primeras casonas fueron construidas con piedra de tezontle y materiales extraídos de los restos de palacios y templos indígenas. Siguiendo una lógica defensiva, varias propiedades se erigieron flanqueando la calzada Tacuba, lo cual, en una situación extrema, proporcionaba una salida a tierra firme protegida por las propias casas de los conquistadores.

A pesar de los temores, en poco tiempo la ciudad comenzó a mostrar visos de normalidad. Cortés se asignó las llamadas Casas Nuevas donde se levantaba el palacio de Moctezuma (en la actualidad corresponde al Palacio Nacional). También tomó las Casas Viejas, lugar que albergó al Palacio de Axayácatl (actualmente ocupado por el edificio de Monte de Piedad). Hacia el lado sur de la plaza, se construyó el edificio del Ayuntamiento (sede del gobierno del Distrito Federal), en su parte posterior se encontraba la fundición y la carnicería. Una pequeña iglesia se levantó en el lado norte de la plaza en 1524 cuando llegaron a Nueva España los primeros doce franciscanos.

Miles de indios de los pueblos cercanos a la isla participaron en la construcción de la capital novohispana. Fray Toribio Benavente “Motolinía” escribió que la edificación de la gran ciudad de México requirió más hombres que los utilizados para erigir el templo de Jerusalén en tiempos del rey Salomón. La ciudad que llegaría a ser la capital del más grande virreinato de América nacía de las entrañas de la antigua ciudad imperial y centro del universo azteca. Su futuro era promisorio y en su origen se escribía su destino: la grandeza de México se extinguiría sólo con la consumación de los tiempos.

Correo electrónico: arr1910@cablevision.net.mx

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