Visita del Presidente


 

Visita del presidente

Ayer por la mañana tuvimos la visita del Presidente, que montaba uno de los más hermosos caballos negros que he visto, y le acompañaban dos de sus oficiales. Cuando se retiraba, nos detuvimos a examinar una estatuilla ecuestre de Iturbide, hecha en cera, regalo que me hicieron hace algún tiempo y que él consideró como muy parecido al original. Es un buen juez, pues fue uno de los más fervientes amigos del infortunado Agustín I, quien – fueran cuales fueran sus defectos – parece que sabía inspirar a sus amigos entusiasta y apasionada devoción.

En la primavera de la vida, valiente, activo, hermoso y con gusto por el boato, reunía todas las cualidades que hacen a un jefe popular entre las multitudes; “pero el amor del pueblo es transitorio cuando no se procura consolidarle con grandes beneficios; es un amor que sólo se funda en un principio de egoísmo, porque los pueblos no tienen simpatías personales”.

Arrastrado por la ambición, desertó la causa realista a la que sirvió por nueve años, y la vanidad le cegó ante los peligros que le rodeaban en medio de sus triunfos, aún en la hora misma que es proclamado emperador por la voz unánime de la guarnición y del pueblo de la ciudad de México, cuando desenganchan los tiros de su carruaje y, en medio de los vítores de la multitud, llevan a brazo su coche hasta Palacio. Su gran error, según la opinión de los que hablan de él con imparcialidad, consistió en su indecisión en las más críticas contingencias y en dejarse gobernar por las circunstancias, en vez de dominarlas según se presentaban.

No pude menos que pensar, mientras de pie el General contemplaba la imagen de cera de su amigo, cuan tormentosa ha sido su propia vida y de que poca tranquilidad ha de haber gozado, y me pregunté si le será permitido terminar en paz sus días como Presidente, lo cual, según los rumores que corren, es dudoso.

Esta mañana me honró Su Excelencia el Arzobispo con una prolongada visita. Vino cerca de las once, después de misa, y se quedó hasta la hora de comer, ganándoles en permanencia a todos nuestros visitantes del domingo, que suelen ser muy numerosos, pues es el único día de descanso para los employés, en particular para los miembros del Gabinete. Entre las visitas se encontraban el Señor Cañedo, cuya conversación es muy amena, y orador famoso por su ironía y cortante agudeza, y que nos ha distinguido con su amable amistad desde que llegamos; el general Almonte, Ministro de la Guerra, hombre hermoso y agradable, militar de gran valentía, muy impopular con uno de los partidos y especialmente antipático para los ingleses, pero, sin embargo, un excelente amigo nuestro; el Señor Cuevas, Ministro de lo Interior, casado con una hija de la Marquesa de Vivanco, persona afable y buena, que parece ser bien querido por todos, y que también nos ha demostrado una verdadera amistad. Todos estos caballeros son objeto de elogios o de críticas, según sea el partido a que pertenece el que de ellos se expresa; pero como yo no me mezclo en la política mexicana, les encuentro, entre nuestras amistades, los más encantadores.

No obstante, si yo me viese precisada a escoger un destino aquí, seria sin duda alguna el del Arzobispo de México, el mas envidiable del mundo para los que desean gozar de una vida placida, cómoda y de una universal adoración. Es un Papa sin los problemas inherentes y con la décima parte menos de responsabilidad. Es más venerado que en Roma el Santo Padre y, al igual de los reyes de los buenos tiempos antiguos, infalible. Sus rentas ascienden a unos cien mil pesos, y si quisiera podría obtener un beneficio nada más con los dulces que le mandan las monjas de toda la Republica. Su palacio en la ciudad, su carruaje de mullidos cojines, sus buenos caballos y sus mulas de suave andar, parecen la verdadera representación de la comodidad. De hecho, la comodidad, que generalmente es desconocida en México, se ha refugiado en el Arzobispado, y aun cuando algunas gotas se han derramado sobre las rasuradas coronillas de obispos, curas, confesores y frailes, sigue todavía concentrándose en la persona de Su Ilustrísima.


*La vida en México, Madame Calderón de la Barca, Editorial Porrúa, 1959

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