Mi debut en México


 

“Mi debut en México”

Hice mi debut en México yendo a misa a la Catedral. Al atravesar el coche la Alameda, que se encuentra cerca de nuestra casa, admiramos sus nobles árboles, las flores y las fuentes, y bajo el sol todo era un golpe de brillos para la vista. Eran pocos los carruajes que transitaban por ella; se veían algunos caballeros montando a caballo; unas gentes amantes de la soledad, descansaban en las bancas de piedra; profusión de mendigos, y los fonçats con sus cadenas, regando las avenidas. Pasamos por la calle de San Francisco, la calle mas hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas (entre ellas, el palacio de Iturbide, ricamente labrado, pero ahora casi en ruinas), y que termina en la plaza en donde se levantan la Catedral y el Palacio. Las calles estaban llenas de gente, pues era día de fiesta; y en un cielo transparente, el sol dejaba caer sus rayos sobre un conjunto de vivos colores; y los pintorescos grupos de soldados, frailes, campesinos y señoras de velo; la falta absoluta de proporción en los edificios, el primor de tantas iglesias y viejos conventos; y ese aire de grandeza que reina por todas partes, aun en donde el tiempo puso su mana o dejó en ruinas el talón de hierro de la revolución, todo contribuye a mantener la atención alerta y a excitar el interés.

Pasó el coche frente a la Catedral, construida sobre el sitio que ocupaban parte de las ruinas del gran templo de los aztecas; de aquel templo piramidal que construyo Ahuitzotl, el santuario tan mentado por lo españoles, el cual comprendía diferentes edificios y santuarios, que ocupaban el terreno en que ahora se levanta la Catedral, y que incluye parte de la plaza y calles contiguas.

Nos han dicho que dentro del recinto del templo había quinientas habitaciones, y que el vestíbulo era de cal y canto, adornado de serpientes de piedra. Hemos oído hablar de sus cuatro gran despuertas, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales; de su patio enlosado, de sus grandes escaleras de piedra, y de los santuarios dedicados a los dioses de la guerra; de la plaza destinada alas danzas religiosas y de los sacerdotes y seminarios para las sacerdotisas; del horrible templo cuya entrada era una enorme boca de serpiente; del templo de los espejos’ y el de las conchas; de la casa que, para oral’, tenia reservada el Emperador; de las fuentes sagradas, de los pájaros destinados al sacrificio, de los jardines de las flores sagradas y de las torres horrendas hechas con las calaveras de las victimas; ¡extraña mezcolanza de lo bello y de lo espantoso! Dicen que en el Gran Templo cantaban noche y día cinco mil sacerdotes, en honor y en servicio de monstruosos ídoIos, a los cuales ungían tres veces diarias con las cenizas de araña y de escorpiones; y los hijos de los reyes eran sus Señores.

Y es curiosa, y dicho sea de paso, la creencia que tenían de que el dios de la guerra, Mecitli, había nacido de mujer, una Virgen santa, que servia en el templo, y cuando los sacerdotes supieron de su desgracia y quisieron lapidarla, se dejo oír una voz que decía: “No temas, madre mía, pues he de salvar tu honor y mi gloria.” Y así nació el dios, con un escudo en la mano izquierda, una flecha en la diestra, en la cabeza un penacho de verdes plumas, su cara pintada de azul y su pierna izquierda adornada con plumas. Así representaban su gigantesca estatua.

Tenían dioses del agua, de la tierra, de la noche, del fuego y del infierno; diosas de las flores y del maíz; se hacían ofrendas de pan, flores y joyas, pero también nos aseguraron que se sacrificaban anualmente de veinte a cincuenta mil victimas humanas, solo en la ciudad de México. Que estas cuentas han de ser exageradas, apenas podemos dudarlo, aun cuando entre los autores de estos relatos figura un obispo; más con que fuera verdad la décima parte, es bastante para que reverenciemos la memoria de Cortés, quien con la Cruz puso fin al derramamiento de sangre inocente, fundo la Catedral sobre las minas de un templo en el que tantas veces se oyeron voces lastimeras, y en lugar de estos ídolos embadurnados con sangre, instituyo el culto de la dulce imagen de la Virgen.

*La vida en México – Madame Calderón de la Barca – Edit. Porrúa – 1959

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