Población Virreinal


Población virreinal

La población de México, en el momento en que dejó de ser Nueva España, oscilaba alrededor de los seis millones, de los cuales cuatro millones eran indígenas. La ciudad capital daba abrigo a unas 150,000 personas, que aumentaron durante la guerra de Independencia cuando se buscaba refugio del conflicto bélico, y descendieron cuando la gente regresó a sus lugares de origen. Alrededor de 125,000 almas lo habitaban para mediados de la década de los 1820 y medio millón en el Porfiriato. Puebla era la segunda ciudad en importancia y Guanajuato, Zacatecas y Guadalajara le hacían la competencia, con 20 a 40,000 000 habitantes. Salvo las capitales de los estados, que rara vez sobrepasaban los 10,000 habitantes, la mayoría de la población se encontraba en localidades formadas por pueblos, haciendas y rancherías en los cuales vivían entre 100 y 500 personas.

Sobrevivir en el siglo XIX significaba haberse librado de las enfermedades de la niñez, las epidemias que rondaban siempre y las peores consecuencias de la pobreza. Tanto hombres como mujeres resintieron las guerras de Independencia, de Texas, de los pasteles, de la invasión norteamericana, de la intervención francesa, más innumerables pronunciamientos. Como informó un cura durante la guerra de Reforma, “esta villa esta reducida a escombros, multitud de familias han quedado en la miseria y lo más temible de todo es que la indiada de esta feligresía fue contribuidora a su destrucción prestándose al saqueo y llevándose hasta lo mas insignificante sin perdonar ni aun a sus mismos bienhechores”. Las guerras significaban la pérdida del patrimonio, el rompimiento de los lazos sociales, el encono de unos contra otros.

Las mujeres se enfrentaban a desafíos propios. La muerte materna era altísima. Había pocas opciones para ganarse la vida. Algunas mujeres eran prestamistas o tenían empresas, minas o haciendas que manejaban con la ayuda de asistentes, gerentes, mayordomos, compadres o parientes. Pero para las que no podían apoyarse en nadie, las abandonadas y las huérfanas, casi la única salida honorable era dedicarse a coser ajeno. Se podía hacer en casa de una patrona, en sus habitaciones a laborar en un “obraje de modas” de una tienda francesa o de alguna modista. Cualquier oficio en el cual una mujer tuviera que salir sola de su casa acarreaba una condena social, el estigma de una desamparada y, en consecuencia, de una virtud permanentemente cuestionada. Sólo las monjas, enclaustradas y protegidas de la maldad del mundo, se salvaban de la duda. Las costureras apenas ganaban lo suficiente para mal comer y pagar la renta de un cuarto miserable. Se les acababa la vista por la mala iluminación, al coser de noche. Contraían tuberculosis por las condiciones poco higiénicas en que trabajaban, sentadas largas horas expuestas a corrientes de aire, respirando el polvo de las telas, en mala postura. Se las suponía cayendo fácilmente en relaciones que nunca llevaban al matrimonio, en un esfuerzo por mejorar su suerte. No era un destino envidiable. Desde el momento en que las mujeres alcanzaban otras opciones vocacionales, procuraban no dedicar su vida a la aguja y al hilo, símbolos de miseria y muerte temprana.

*La vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, 2010.

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