Convento de Churubusco


Churubusco – Huitzilopochco

Por Ángeles González Gamio

Siempre me he preguntado cómo les sonaría a los españoles en el cantarino idioma náhuatl, ese vocablo que ellos tradujeron a Churubusco. Significa “en el templo de Huitzilopochtli”, que era un importante sitio de veneración. Reseñan las crónicas que los recién llegados se deslumbraron con la cantidad de casas que tenía el poblado -calcularon 50 mil-, todas encaladas, que “parecieran de plata”. En ese momento gobernaba Huitzilopochco Huitzilatzin II.

En este sitio fundó fray Martín de Valencia en el siglo XVI, el primer conventillo franciscano dedicado a San Mateo, y a la llegada de los dieguinos se los cedió, para que concluyeran la labor evangelizadora que había iniciado. El templo, con algunas modificaciones, aún se conserva, con un gran atrio con dos entradas, enjardinado y con su cruz atrial. La sobria fachada tiene una torre, pilastras adosadas y unos nichos que muestran a los evangelistas. El interior conserva el techo plano con vigas, un altar barroco, bellos estofados de los siglos XVIII y XIX y varios cristos de buena factura.

En las cercanías se encuentra el antiguo convento de Churubusco, soberbia construcción que habitaron los dieguinos desde el siglo XVII; actualmente aloja el Museo Nacional de las Intervenciones, que hace algunos años tuvo una restauración que dio vida a antiguos espacios como el refectorio o comedor, con una excelente recreación que permite conocer cómo era la vida de los monjes, con las mesas, bancas, loza y cubiertos, donde tomaban sus alimentos en total silencio, mientras les leían textos religiosos.

Otros sitios rehabilitados son la cocina con sus ollas y fogones y el bien llamado baño de placeres, que muestra una tina decorada de bellos azulejos y las grandes ollas en donde se calentaba el agua. También se adaptó un salón de usos múltiples, se reacondicionó el patio de novicios, y donde fueron las caballerizas se instaló un centro de documentación. Unos de los tesoros del antiguo convento es el llamado Cristo de Churubusco. La escultura, de 2.07 metros de altura, fue elaborada en el siglo XVI con pasta de caña y no pesa más de siete kilos. Deteriorada por el paso del tiempo y algunas restauraciones poco afortunadas, hace alrededor de un año pasó a las manos del experto restaurador del INAH Juan Pineda Santillán, quien le devolvió su exquisita belleza, respetando la pátina tenuemente dorada que le ha dado su larga vida.

Impacta la precisión anatómica de la cabeza y el cuerpo, que hablan de la maestría del artesano. El trabajo de los músculos de los brazos, piernas y abdomen, muestran el dominio indígena sobre la representación del cuerpo humano.

El sincretismo cultural está presente en toda la escultura, ya que a la notoria mano india, se suma la influencia de la técnica y la mano europea, muy evidente en la finura y realismo de los rasgos faciales. Durante la restauración se descubrieron en el interior, pequeños fragmentos de códices, seguramente una forma de preservar sus creencias indígenas, introduciéndolas en la imagen religiosa española.

Las esculturas en caña de maíz constituyen un patrimonio único de México, que reflejan el proceso de evangelización y el mestizaje artístico, religioso y tecnológico que tuvo lugar entre europeos e indígenas. Muchas de ellas son elementos fundamentales de identidad y cohesión social en las comunidades y se continúan utilizando en el culto y las procesiones. Al ser la mayoría obras de arte de gran belleza y originalidad, son codiciadas por coleccionistas y frecuentemente son objeto de hurto, con lo cual se pierden testimonios históricos y valiosas tradiciones para una población. Es un delito que debe ser severamente penalizado.

Ya en el barrio acudimos al cronista de Churubusco, Lino Lebrija – quien, por cierto, de niño vivió en el convento en donde su padre trabajó muchos años – para que nos hiciera un recorrido por el rumbo. Nos mostró varias edificaciones de importancia, entre las que sobresalen varios templos que datan del siglo XVI: San Pablo Tepletlapa, Santa Ursula Coapa, con su fachada de piedra y ladrillo y una original torre; conserva su panteón adjunto y la casa cural. La parroquia de San Lorenzo Huipulco y los restos de la antigua Hacienda de San Antonio Coapa, cuya añeja magnificencia todavía se puede advertir en la troje, arco y parte del casco, que milagrosamente han sobrevivido, al igual que los respiraderos y algunas otras partes del acueducto, que iba de Nativitas a la Caja de Bombas de Tacubaya. En el rumbo también se encuentran dos obras extraordinarias del arquitecto Félix Candela: un mercado y la Capilla del Altillo.


*gonzalezgamio@gmail.com
Publicado en Revista Tiempo Libre-7 al 13 julio- 2011

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