El Porfiriato



Por JAVIER GARCIADIEGO DANTÁN

(DOCTOR EN HISTORIA Y PRESIDENTE DEL COLMEX

Para la redacción de este ensayo el autor utilizó algunos párrafos del capítulo que sobre este tema escribí para el libro Historia de México (coordinado por Gisela von Wobeser), editado por el Fondo de Cultura Económica en 2010.

* Presidente de El Colegio de México. Se ha especializado en el estudio de la Revolución mexicana. Es miembro de la Academia Mexicana de la Historia y del Sistema Nacional de Investigadores (nivel III). Autor de: Rudos contra científicos. La Universidad Nacional durante la Revolución mexicana, Colmex/UNAM, 1996; La Revolución mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios, UNAM, 2003, y Cultura y política en el México posrevolucionario, INEHRM, 2006, entre otros.

 

 

 

 

No pueden entenderse la naturaleza y los objetivos de la Revolución de 1910 sin saber antes contra qué sistema sociopolitico peleaba. El gobierno de Porfirio Díaz fue tan largo —más de treinta años— que atravesó etapas tanto de auge económico como de crisis

 

 

 

 

 

Para comprender mejor el Porfiriato, que duró poco más de 30 años, de finales de 1876 a mediados de 1911, es útil reflexionar primero sobre la biografía del propio Díaz, quien nació en Oaxaca en 1830, dentro de una familia mestiza de clase media. Su infancia, adolescencia y juventud coincidieron con una etapa muy turbulenta de la historia del país, dominada en buena medida por Antonio López de Santa Anna y caracterizada por la debilidad del gobierno central. Fueron años de gran inestabilidad política, provocada por numerosos cuartelazos e insurrecciones militares y por fuertes diferencias entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Para colmo, también fueron años de graves conflictos internacionales, entre los que destacó la guerra con Estados Unidos (1846-1848).

 

El joven Porfirio Díaz se involucró en aquellos conflictos, incorporándose a los contingentes liberales que lucharon en la rebelión de Ayutla

(1854-1855) y luego en la Guerra de Reforma (1858-1860), en la que obtuvo el grado de coronel. Más tarde alcanzó la fama nacional en la guerra contra la intervención francesa (1862- 1867), al recuperar la Ciudad de México, en junio de 1867, para entregársela a Benito Juárez. Con el triunfo del grupo liberal dio inicio el periodo conocido como República Restaurada, que duró hasta la llegada de Díaz al poder, en 1876. Pero durante esos últimos diez años ocurrió una clara división en el bando liberal. Por un lado, Juárez y sus principales colaboradores civiles, convencidos de que, lograda la paz y restaurado su gobierno, el equipo gubernamental debía concentrarse en dirigir la reconstrucción del país, con los hombres capacitados para ello. Por el otro, los caudillos militares, como Díaz, seguros de merecer los más altos puestos políticos por ser los verdaderos artífices de la victoria militar sobre las tropas francesas y el bando conservador mexicano. Así se explica que Díaz se haya enfrentado a Juárez en las elecciones presidenciales de 1867 y 1871; vencido en ambas ocasiones, abandonó los procedimientos electorales y recurrió al levantamiento armado: a finales de 1871 encabezó la fallida rebelión de La Noria, pero la muerte de Juárez meses después dio lugar a la llegada al poder de Sebastián Lerdo de Tejada, quien otorgó la amnistía a Porfirio Díaz. Al término de su cuatrienio presidencial Lerdo intentó reelegirse, lo que provocó la oposición de José María Iglesias, presidente de la Suprema Corte de Justicia. Por su parte, Díaz se alzó en armas contra Lerdo, proclamando el Plan de Tuxtepec —que se oponía a la reelección presidencial—, para lo que aprovechó la división entre los principales liberales civiles, Lerdo e Iglesias.


Fue así como Díaz alcanzó su anhelada presidencia. Es evidente, por su biografía, que al tomar el poder sabía lo costoso que era para México vivir entre alzamientos, pronunciamientos y rebeliones; por eso se esforzó en imponer la paz en el país, así fuera una “paz forzada”. Su propia experiencia política lo llevaba a despreciar los procesos electorales y las instituciones legislativo-parlamentarias. Finalmente, reconocía como fatídicas las presidencias breves y débiles. Podemos decir entonces que su forma de gobernar se definió en función de los problemas que había visto durante sus primeros 45 años de vida.


 


Las distintas etapas del periodo porfirista

Podemos identificar un primer periodo de pacificación y consolidación, un segundo de auge económico y estabilidad política, y un tercero de declive. Para comenzar, su primera presidencia, de 1877 a 1880, tuvo como prioridades la pacificación del país y el control del Ejército, pues Díaz sabía que varios caudillos militares podían rivalizar con él, por lo que apoyó el ascenso de una nueva jerarquía militar. También fue importante entonces la obtención del reconocimiento diplomático de Estados Unidos. Contra quienes pronosticaron que no tendría la capacidad para encabezar la política nacional, Díaz pronto demostró tener un instinto político inigualable, que sumado a sus experiencias y a las condiciones nacionales e internacionales, fueron suficientes para consolidarlo en el poder. Debido a que el Plan de Tuxtepec tenía como bandera la no reelección, promesa que elevó a rango constitucional, Díaz no pudo permanecer en la Presidencia al término de su primer mandato. Sin embargo, conservó el poder real al colocar en ese puesto a su compadre, el general tamaulipeco Manuel González.

 


En el segundo cuatrienio de Díaz, de 1884 a 1888, siguió el control sobre caudillos y caciques, y los que no aceptaron disciplinarse fueron combatidos; continuó el saneamiento de la hacienda pública, la construcción de vías férreas y el establecimiento de instituciones bancarias. Más aún, comenzaron a recibirse inversiones europeas, una vez restablecidas las relaciones con Inglaterra y Francia; surgió la agricultura de exportación y la minería industrial comenzó a desplazar a la de metales preciosos, como el oro y la plata. Otra característica de esos años fue la tolerancia concedida a los asuntos religiosos. Consciente Díaz de los enojos que provocaba en la sociedad mexicana la estricta aplicación de los artículos más jacobinos de la Constitución, como lo demostró la insurrección de 1874 —que se conoció como “la Guerra de los Religioneros”, en tiempos del gobierno lerdista—, optó por una política de relajación: no derogó ni modificó tales artículos, pero tampoco los aplicó. El resultado fue que, además de estabilidad política y crecimiento económico, el país empezó a vivir años de reconciliación social, lo que traería una auténtica “paz orgánica“.


 

Durante su tercer periodo presidencial, de 1888 a 1892, el país pasó de un decenio disciplinador a tiempos menos severos. Esto es, si durante la primera etapa del Porfiriato la prioridad había sido la pacificación y la consolidación de Díaz en el poder, ahora lo sería la administración. Comenzaron entonces los años de “poca política y mucha administración”, lo que implicaba que don Porfirio ya no tenía ni competidores ni desafectos y que el control del Ejército era pleno. Inició así su periodo de auge económico y de notable estabilidad política, gobernando con el equipo de los “científicos”, constituido hacia 1892 por miembros de las clases medias urbanas, aunque sus años en el gobierno les permitieron ascender en la escala social y adquirir gran poder político. Este grupo lo integraban hombres con espléndida formación profesional —eran los tecnócratas de su época—: en materia económica reconocían la necesidad de la inversión extranjera ante la falta de ahorro interno, aceptaban la conveniencia de exportar productos naturales y urgían el establecimiento de un sistema racional y nacional de impuestos, por lo que en 1896 eliminaron las alcabalas, especie de pagos de peaje por trasladar productos de una región a otra, lo que había obstaculizado la integración de la economía nacional.

En materia política los “científicos” aceptaban que el régimen tuviera como forma de gobierno la dictadura, pero alegaban que se trataba de una dictadura benéfica; en todo caso, para ellos el dictador —Díaz— debía ser sustituido, cuando llegara el momento, por instituciones y leyes, no por otro dictador, y menos aún por uno militarista, en clara alusión a su competidor, el general Bernardo Reyes. Hay que precisar aquí que el aparato político porfirista se estructuró con base en dos grandes grupos. El segundo en importancia era el reyista, encabezado por Bernardo Reyes, una especie de “procónsul” para todo el noreste. Durante los años de auge, que se prolongaron hasta principios del siglo XX, no hubo mayores rivalidades entre ellos; la razón de esto era el sistema reeleccionista indefinido y generalizado. No había una “manzana de la discordia”, pues la Presidencia no estaba disponible. Ambos sabían que Díaz permanecería ahí hasta el final de sus días y que si aceptaban ese principio básico ellos también permanecerían en sus puestos.

La estabilidad política, la “paz orgánica” nacional y el adecuado contexto internacional coadyuvaron a que durante esos años hubiera en México un impresionante crecimiento económico: continuó desarrollándose la agricultura de exportación; gracias al ferrocarril creció la ganadería en el norte del país, pudiendo abastecer a poblaciones urbanas distantes; también crecieron los ramos textil y papelero, así como la minería industrial. Gracias a la instalación de varios miles de kilómetros de vías férreas, al mejoramiento de los principales puertos, al desarrollo de las comunicaciones telefónicas y telegráficas y a la desaparición de las alcabalas, aumentó notablemente el comercio, tanto nacional como internacional. De hecho, la exportación de productos naturales fue superior a la importación de manufacturas, por lo que el país consiguió tener un superávit comercial por primera vez en su historia.

 

Ahora bien, reconocer el auge porfiriano no implica desconocer que el sistema político y el modelo económico porfiristas incubaban graves problemas. En lo político, con el reeleccionismo generalizado, es decir, no sólo en la Presidencia sino también en los gobiernos estatales y otros puestos, el aparato gubernamental se hizo excluyeme y gerontocrático. A su vez, el modelo económico imponía una grave dependencia del exterior, los beneficios se concentraron en una parte minoritaria de la población y hubo sectores económicos y regiones del país que se mantuvieron al margen del progreso. Sobre todo, desde mediados del siglo XIX los pueblos campesinos padecían severas presiones políticas y económicas; y lo grave es que en esos pueblos vivía la gran mayoría de la población del país. Aunque con el crecimiento de la industria y de algunas ciudades muchos campesinos se urbanizaron y se proletarizaron, mejorando su nivel de vida, y si bien es cierto que las clases medias aumentaron su número, pronto los años de auge se acabaron, comenzando los tiempos del declive porfiriano.

El fin de un ciclo e inicio de la crisis

Puede decirse que durante el primer decenio del siglo XX hubo crisis en casi todos los ámbitos de la vida nacional. Hasta 1900 el sistema dependía de las reelecciones de Díaz. Sin embargo, luego de cumplir 70 años de edad se tuvo que diseñar un procedimiento para resolver el problema de su probable desaparición sin que el país padeciera un grave vacío de poder. Para ello, se resolvió que en 1904 se restaurara la vicepresidencia, para que el propio Díaz eligiera a su compañero de mancuerna electoral, quien sería su sucesor. Para su desgracia, el resultado fue radicalmente contrario a lo planeado porque Díaz eligió como vicepresidente a Ramón Corral, ex gobernador de Sonora y miembro del grupo de los “científicos”. Comprensiblemente, los reyistas resintieron haber sido relegados y comenzaron por cuestionar las preferencias de Díaz y luego se dedicaron a criticar abiertamente a los “científicos”, lo que generó los primeros problemas graves dentro del equipo porfirista, hasta entonces bastante disciplinado.

En 1908 Díaz anunció, en una entrevista concedida al periodista norteamericano James Creelman, que ya no se volvería a reelegir y que permitiría elecciones libres en 1910. Los reyistas aprovecharon tales declaraciones y crearon clubes, agrupaciones y partidos; publicaron periódicos, folletos y libros; utilizaron la tribuna en el Congreso. Su objetivo era demostrar a Porfirio Díaz que el general Reyes, gobernador de Nuevo León, era mejor político y mucho más popular que Corral entre la población mexicana, por lo que Díaz debía cambiar de compañero en la mancuerna electoral de 1910. La respuesta de Díaz fue contundente: se postularían otra vez él y Corral, a pesar de lo prometido a la nación en 1908 a través de Creelman.

Confiado en que así acabaría con la molesta insistencia de los reyistas, don Porfirio envió comisionado a Europa al general Reyes con el pretexto de que hiciera ciertos estudios militares. El resultado fue catastrófico para Díaz y los “científicos”. Al perder a su jefe, pues Reyes no tuvo los arrestos necesarios para rechazar dicha comisión y asumir una postura independiente, muchos de sus partidarios se radicalizaron, pasándose a otro movimiento político entonces naciente: el antirreeleccionismo. Este proceso fue definitivo, pues el cambio implicó no sólo el simple crecimiento numérico del antirreeleccionismo, sino la llegada a éste de gente con gran experiencia política, tanto gubernamental como administrativa; más aún, de gente con prestigio local, regional e incluso nacional. No fue casual, entonces, que el reclamo electoral contra Díaz haya iniciado en Coahuila, ni que en este desafío hayan participado clases altas de la región, sectores medios y trabajadores organizados de las poblaciones urbanas del país, los que no se sentían representados por los “científicos”.

 


Pero la crisis del sistema porfirista no se redujo al aspecto político. También la economía entró en crisis, que agravó sus debilidades estructurales, como su dependencia del exterior, las disparidades regionales y sectoriales y la concentración de los beneficios en muy pocas personas. Sucedió que entre 1907 y 1908 hubo una crisis internacional que provocó la reducción de las exportaciones mexicanas y el encarecimiento de las importaciones. Para colmo, los préstamos bancarios se restringieron. Por lo tanto, sin mercado ni insumos ni créditos, los industriales disminuyeron su producción y hubo reducciones salariales o recortes de personal. En el mundo rural los hacendados intentaron resolver la falta de préstamos bancarios aumentando las rentas a sus rancheros y arrendatarios y endureciendo el trato que daban a sus peones, medieros y aparceros; asimismo, los hacendados y los rancheros acomodados redujeron el número de jornaleros agrícolas que solían contratar temporalmente. Más aún, el declive de la actividad económica afectó los ingresos del gobierno, a lo que Díaz respondió con dos estrategias: congeló los salarios y las nuevas contrataciones de burócratas y buscó aumentar algunos impuestos, medida que resultó, como era previsible, muy impopular. Para colmo, dado que la crisis económica tenía carácter internacional, regresaron al país muchos braceros que perdieron sus empleos en Estados Unidos, con lo que aumentaron las presiones sociales y políticas que planteaban los desempleados del país.

Obviamente, también se padeció una grave crisis en el ámbito social. En el campo, numerosas comunidades perdieron parte de sus tierras, que fueron adquiridas o usurpadas por algunos caciques y hacendados, quienes buscaban aumentar su producción estimulados por el crecimiento de la demanda de las ciudades, atendible con la posibilidad de enviar lejos sus productos mediante el ferrocarril. De otra parte, como resultado del auge ganadero, en las extensas praderas del norte mexicano muchos hacendados comenzaron a impedir el libre acceso a sus pastizales, vieja tradición que posibilitaba la alianza militar entre hacendados, rancheros, aldeanos y campesinos contra los indios belicosos de la región. El resultado fue la politización y organización de las comunidades rurales al no encontrar ayuda en las autoridades gubernamentales, claramente aliadas con los hacendados.

 

 


En el escenario industrial, a finales del Porfiriato hubo dos importantes movimientos huelguísticos. El primero, a mediados de 1906, en una mina de cobre de propiedad norteamericana situada en la población sonorense de Cananea. Si bien los salarios eran comparativamente buenos, se daban mejores condiciones laborales a los trabajadores estadunidenses, lo que generó un clima de creciente tensión entre mexicanos y norteamericanos. La violencia estalló, como era previsible, por lo que para garantizar las vidas e intereses de estos últimos —directivos, empleados y trabajadores— penetraron al país contingentes


militares —rangers— del vecino país. El enojo contra el gobierno mexicano fue tan grande como su desprestigio.

El otro conflicto tuvo lugar entre diciembre de 1906 y enero de 1907, en la población industrial de Río Blanco, vecina de Orizaba, en Veracruz. En este caso se trataba de una fábrica textil, los reclamos obreros los motivaban el rechazo a un nuevo reglamento de trabajo redactado por los patrones y la obtención de mayores salarios y mejores condiciones laborales. El gobierno de Díaz intentó obligar a los trabajadores a reiniciar sus labores, lo que provocó el estallido de la violencia, ante lo cual el gobierno reaccionó con una dureza inusitada, apelando al Ejército y a los temidos “rurales”. Como antes había sucedido en Cananea, fueron varios los trabajadores muertos y mayor el número de encarcelados. Si bien Díaz no enfrentó después ningún movimiento obrero de envergadura, lo cierto es que las represiones en Cananea y Río Blanco trajeron la politización de los trabajadores mexicanos, lo que explica que muchos de ellos hayan simpatizado con los movimientos oposicionistas que surgieron después, primero el magonista, luego el reyista y al final el antirreeleccionista.

 

La dimensión del magonísmo

 

Evaluemos en su exacta dimensión al magonismo. En efecto, las crisis que enfrentó el régimen de Díaz se manifestaron a través de grupos opositores. Varios jóvenes liberales comenzaron a denunciar, hacia 1900, el alejamiento de Díaz de los principios liberales. Entre ellos destacaba Ricardo Flores Magón, hijo de un soldado oaxaqueño juarista, quien junto con sus dos hermanos y otros colaboradores publicaba el periódico Regeneración. La radicalización de estos liberales, que pasaron de exigir la aplicación de los principios antieclesiásticos a reclamar libertad de imprenta y elecciones auténticas, trajo como consecuencia la represión gubernamental, manifestada en la clausura de periódicos y el encarcelamiento de periodistas. Los Flores Magón y otros líderes del movimiento —como Camilo Arriaga, sobrino de Ponciano, destacado constituyente de 1857— tuvieron que huir del país entre 1903 y 1904 para exiliarse en Estados Unidos. Allí continuaron su oposición a Díaz y siguieron publicando el influyente Regeneración. Al principio, hacia 1906, propusieron la organización de un Partido Liberal para presionar a Díaz a que retomara los planteamientos ideológicos originales de mediados del siglo XIX y para competir en una futura contienda electoral, en tanto que eran contrarios a una nueva reelección de Díaz, así como a sus potenciales sucesores, los “científicos” o el general Reyes.

Pero su permanencia en Estados Unidos los hizo vivir en otra realidad social y conocer otro tipo de actores políticos. Sus lectores dejaron de ser los liberales mexicanos; ahora lo fueron los trabajadores mexicanos que radicaban, temporal o definitivamente, en Estados Unidos, así como los obreros mexicanos, sobre todo los que trabajaban en el norte del país, quienes leían ejemplares de Regeneración introducidos clandestinamente a México. En el exilio, los magonistas entraron en contacto con el elemento obrero norteamericano, en el que había numerosos trabajadores inmigrantes de todas partes del mundo, muchos de los cuales simpatizaban con el anarquismo o el socialismo. Comprensiblemente, los magonistas se internacionalizaron y se radicalizaron, a la vez que se distanciaron del debate político mexicano. Comenzaron entonces a convocar a la lucha armada en México como la única vía para un cambio auténtico y posible. Al margen de que su diagnóstico sobre los males del Porfiriato fuera el más completo y riguroso, y de que sus recomendaciones de solución hayan tenido gran influencia en varias propuestas revolucionarias, comenzando por la propia Constitución de 1917, lo cierto es que su radicalización y su alejamiento del territorio nacional los hizo perder importancia militar y política en la Revolución mexicana.

Otros movimientos precursores de la Revolución

 

Sin duda el movimiento magonista debe ser considerado entre los precursores de la Revolución mexicana, pero no fue el primero ni el más importante. Cronológicamente, los primeros en manifestarse contra la dictadura fueron ciertos sectores católicos, influidos por las renovadoras ideas en materia social prevalecientes en el Vaticano desde 1891, cuando León XIII proclamó la encíclica Rerum Novarum, que pretendía ofrecer una solución caritativa a los conflictos sociales.

 

A pesar del acercamiento durante el Porfiriato entre el gobierno y la Iglesia católica, lo cierto es que la jerarquía, el bajo clero y los seglares censuraban moderadamente a Díaz por conservar los principios liberales y anticlericales de la Constitución de 1857, por el alto número de masones existente entre sus colaboradores, el apoyo otorgado a los protestantes, especialmente en el norte del país, y por la decisión gubernamental de que la filosofía positivista, abiertamente anticatólica, dominara parte de la educación pública nacional. A esta serie de reclamos se sumó la nueva crítica social: comenzó a reprobarse la injusticia que dominaba la estructura de la propiedad agraria, así como las inhumanas condiciones laborales imperantes en la mayoría de las haciendas mexicanas. De los reclamos contra la situación agraria, los católicos pasaron a censurar cierto militarismo regional, el caciquismo y la falta de una auténtica democracia. Si bien no se criticó personalmente a Porfirio Díaz, del que siempre reconocían grandes méritos históricos, lo cierto es que las constantes críticas dirigidas a su gobierno en periódicos tan importantes como El País y El Tiempo tuvieron que erosionar su prestigio y el consenso alcanzado. El impacto sociopolítico de tales cuestionamientos, aun habiendo sido moderados, no puede ser minimizado.

 

Motivaciones de signo contrario dieron lugar al surgimiento de otro importante grupo antiporfirista a principios de siglo, encabezado por descendientes de los liberales del 57 —como Camilo Arriaga, al que ya nos referimos— y con participación de diversos sectores de la clase media urbana, como profesionistas, periodistas, maestros y estudiantes. Su reclamo estaba dirigido al abandono de los principios liberales. Su propuesta era reorganizar esa corriente de opinión que se llamó “Partido Liberal”, con el objeto de presionar a Díaz para que aplicara los principios liberales mayores: anticlericalismo, libertad de expresión, democracia electoral, separación de poderes, adecuada administración de justicia y autonomía municipal. Este grupo fue la cuna del magonismo, si nos apegamos a la cronología. Pero también participó en él un personaje posteriormente identificado con el zapatismo,


Antonio Díaz Soto y Gama, joven abogado potosino. Hacia 1903 los liberales extendieron sus críticas a los “científicos” y a Bernardo Reyes; además, comenzaron a cuestionar la inversión extranjera y a ocuparse del mayor problema social del país: la situación de los obreros y campesinos.

Pocos años después, entre 1908 y 1909, las preferencias de Díaz por los “científicos” provocaron que los reyistas, antes leales porfiristas, se convirtieran en el grupo opositor más importante. El valor de los reyistas radica en que su escisión debilitó al régimen, se dedicaron a desprestigiar a los “científicos” y fortalecieron el movimiento antirreeleccionista al traspasarle numerosos “cuadros” con prestigio y experiencia burocrática, política y hasta militar, lo que además implicaba un apoyo multiclasista, con clases altas, medias y bajas de las ciudades. Algunos de los reyistas que devinieron antirreeleccionistas fueron Venustiano Carranza, Francisco Vázquez Gómez, Luis Cabrera y José Ma. Maytorena, entre muchos otros. Así, contra los pronósticos más generalizados, dicho movimiento antirreeleccionista, conformado por clases medias urbanas y por algunos trabajadores organizados, aunque encabezado por un muy importante empresario agrícola del noreste del país sin mayores antecedentes políticos, se convirtió en el principal desafío que enfrentaría Díaz en sus cerca de 30 años en el poder. De hecho, a pesar del desprecio que el propio Díaz mostró por el naciente antirreeleccionismo, este movimiento terminó derrocándolo.

Tal vez Díaz pensó que las elecciones de 1910 no le generarían mayores dificultades, con los magonistas exiliados y contrarios a cualquier contienda electoral, y con Reyes comisionado en Europa y aparentemente disciplinado. Sin embargo, las elecciones de 1910 serían muy diferentes a todas las demás del periodo. Por primera vez la elite porfirista estaba escindida yla sociedad mexicana se había politizado durante los años de crisis, ya fuera por las represiones en Cananea y Río Blanco, por el enfrentamiento entre los “científicos” y Reyes o por las esperanzadoras pero falsas promesas hechas por Díaz en su entrevista con Creelman. Lo más singular de las elecciones de 1910 fue que en ellas participó un contendiente auténtico, Francisco I. Madero, quien realizó una campaña de enorme repercusión en el plano nacional. Hizo giras en las que visitó algunas de las principales poblaciones del país. Era un hombre ya maduro pero aún joven, de 37 años, mientras que Díaz era un hombre envejecido, de 80 años. Obsesionado por mantenerse en el poder, no dio concesiones a la oposición: muy al contrario, encarceló a Madero —por un cargo insostenible— y se declaró otra vez reelecto. Puso oídos sordos a los reclamos de fraude electoral y con ello dio lugar a que un proceso que sus opositores deseaban pacífico se tornara violento. Fue entonces cuando empezó la Revolución.

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