Esplendor mexica


Esplendor mexica

Publicado 21 Jul 2011


Fundación de Tenochtitlan. El águila sobre nopal, símbolo de Huitzilopochtli, se posa en el cruce de canales. Importantes capitanes se distribuyen en los cuatro barrios de la ciudad, tules y carrizales indican la vegetación a la llegada de los mexicas en 1325. Códice Mendocino.

Tenochtitlan fue la capital del vasto territorio dominado por los mexicas. Construida sobre uno de los islotes del lago que ocupaba prácticamente en toda su extensión el actual Valle de México, estaba comunicada con tierra firme por medio de amplias avenidas, cuyo trazo implicó la construcción de una compleja red de puentes y acequias.

Hacia el sur, los caminos se dirigían a Ixtapalapa y Churubusco, hacia el norte a Tepeyacac y hacia el occidente a una de las grandes ciudades aliadas: Tlacopan. Al oriente, un último camino comunicaba con el embarcadero del Lago de Texcoco, punto de entrada a la gran capital del antiguo señorío del Acolhuacan.

Los cronistas españoles del siglo XVI no ocultaron su asombro ante la gran extensión y compleja organización social de este asentamiento urbano. El mismo Cortés, en sus Cartas de Relación a los Reyes de España, hace evidente su impresión y respeto ante la ciudad de los tenochcas.

Dividida en cuatro secciones, Tenochtitlan contaba con numerosos barrios. Destacaba el llamado centro ceremonial, recinto amurallado donde se construyeron soberbias pirámides para albergar los setenta y ocho templos de las deidades más importantes, como Huitzilopochtli y Tlaloc. La mayoría de los templos estaban habitados por sacerdotes de los variados cultos; en ellos se celebraban ceremonias, sacrificios rituales, penitencias y los ayunos de la nobleza.

Cada edificio tenía características propias. El de Teutlalpan era “un bosquecillo cercado de cuatro paredes, como un corral de tierra fragosa en el que se hacía una procesión”. El de Tlilapan contaba con “una fuente como alberca, y por estar el agua profunda parecía negra, en la que se bañaban los sátrapas de noche”.

También había edificaciones que los cronistas describen como “monasterios”, cárceles y varios Tzompantli: maderos en los que se ensartaban las cabezas de los sacrificados. Completaban el conjunto los palacios habitados por sacerdotes y miembros de la nobleza con funciones administrativas, las escuelas para los jóvenes de la nobleza y el majestuoso juego de pelota.


Ofrenda de sacerdotes
con sahumerios en el templo de Quetzalcoatl, ubicado en el recinto sagrado de Tenochtitlan. Códice Florentino

Mención aparte ameritan los amplios y lujosos palacios de Axayacatl, Ahuizotl y Moctezuma II, que albergaban numerosos aposentos, patios, jardines, zoológicos, estanques y muelles, y los imponentes edificios administrativos, como el tribunal popular o tecalli, el tecpillcalli o tribunal militar, los grandes almacenes donde se resguardaban los productos tributarios o petlacalli, y el maxcalli, recinto para los cautivos de guerra.

Jardines y huertas con plantas de ornato y medicinales embellecían el ambiente urbano, y se contaba desde luego con mercados; destacaba entre ellos uno que deslumbró a Bernal Díaz del Castillo por la gran variedad de productos que en él se intercambiaban: el de la vecina isla de Tlatelolco.

La opulencia de este complejo urbano se cimentaba en las conquistas y dominación militar de los mexicas sobre un vasto territorio. Los pueblos sometidos estaban obligados a entregar tributo en forma de servicios o de productos, desde alimentos hasta artesanías elaboradas con oro y piedras preciosas.

Las artesanías suntuarias eran tenidas en alta estima por los estratos superiores de la sociedad mexica: nobles, guerreros, sacerdotes, comerciantes. A mayor calidad y refinamiento en las mantas, los pectorales y los atuendos, mayor el poder y estatus de su portador.

Estas artesanías eran elaboradas por una capa social de especialistas que producían para el resto de la sociedad objetos tanto cotidianos como de lujo. Una característica esencial de estos artesanos que utilizaban una tecnología rudimentaria era la transmisión del conocimiento milenario en la práctica. Eran los depositarios de un acervo cultural en el que se plasmaba la cosmovisión y la ideología.

Las fuentes escritas mencionan que los mexicas trasladaban a su capital a los mejores artesanos. Locales o foráneos, todos ellos eran depositarios de acervos culturales, algunos milenarios, que plasmaban tanto en las humildes vasijas de uso cotidiano como en las fastuosas prendas que, según cuenta la tradición, Moctezuma II usaba sólo una vez.

Los códices, documentos pictográficos elaborados por los antiguos mexicanos, constituyen nuestra fuente básica de información. Gracias a los cuidadosos registros de tributos que llevaban los mexicas podemos conocer los productos que llegaban a Tenochtitlan, las materias primas utilizadas en su elaboración, las técnicas productivas, el destino final de los bienes y sus lugares de procedencia. Los códices proporcionan, además, información sobre los atuendos, adornos y objetos rituales utilizados por la sociedad indígena, que puede complementarse con las descripciones de conquistadores españoles como Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, de sacerdotes como fray Diego Durán y fray Bernardino de Sahagún, y de funcionarios de la Corona española. También ofrecen valiosas referencias los escritos de los indígenas educados en el Colegio de Tlatelolco. A este conjunto de textos los denominamos fuentes del siglo XVI o simplemente fuentes.

*Manos Artesanas del México Antiguo, Luz Ma. Mohar Betancourt, México, SEP-Conacyt,1997

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