La Calle de Jesús María


La calle de Jesús María

Por Mina Herrera

¡Jesús, María y José! Era la frase que expresaban nuestras abuelas y madres ante el asombro de alguna acción intrépida por parte de alguno de sus párvulos. Con los anagramas de Jesús, de María y de José, se adornaron las fachadas de aquellas casas de cantera y tezontle que levantaron los primeros españoles en la antigua ciudad de México. San José, fue nombrado patrono de la ciudad capital de la Nueva España.

Como de Jesús de Nazaret se conoce el hospital más antiguo de nuestra America continental aunque su nombre original fue de la Purísima Concepción y María. Como madre de Jesús, está representada en innumerables vírgenes que han sido veneradas por siglos en nuestra cultura religiosa católica.

Uno de los más excelsos conventos fundados en las Indias Occidentales llevó el nombre de Real Convento de Jesús María, mismo del cual, merced a su profusión, surgió la metáfora de Carlos de Sigüenza y Góngora acerca del paraíso occidental: el huerto cerrado de la virginidad.

Jesús María, por cierto, se llama la calle que nos ocupa en estas líneas. Calle en la cual he dejado muchos de mis pasos por este mundo, misma que con su noble presencia llena de comercios generosos – ya sea de papelería, de textiles, de dulces y golosinas, de muñecas y jarcierías o tlapalerías – han hecho de mi estancia en esta vida algo agradable y trascendente.

A Jesús María iba yo a misa, mientras, entre rezo y rezo, me preguntaba ¿cómo habría sido la vida de aquellas doncellas que escuchaban la homilía detrás de las galerías enrejadas del soberbio templo? También me preguntaba ¿si Dios sostenía el mismo templo ante el paso imperdonable del tiempo que se recarga abruptamente en sus muras lastimados? Y al salir, en la esquina de esta iglesia con la calle de Corregidora visitaba yo en compañía de “mi muchachita”, mi amada Mary, la pastelería y repostería EI Edén, en la que comprábamos deliciosas gelatinas y manjares (llamadas cremitas) que disfrutábamos felices de estar juntas en nuestro camino a casa.

En Jesús María supe del legendario escarnio del cual, se cuenta, fue victima una mujer novohispana ante el enojo de su marido, quien la sorprendió hurtando su riqueza para favores de su amante. Esto, en la esquina de la citada calle y la Plaza Alonso García Bravo, en la famosa esquina de “la manita”.

Jesús María me enseño que los tiempos cambian y que aquellas muñequitas de sololoy y de porcelana con las cuales nutrí mi infancia, serian parte de un recuerdo más ante la llegada de las nuevas “monas” de vinil, cuyas partes pueden comprarse en las tiendas dedicadas a vender, desde una manita regordeta, hasta un ojo de grandes pestañas y del verde o azul más inimaginable, o lo que sea necesario para armar una muñequita o muñecota.

Los aparadores de Jesús María son verdaderamente seductores, como aquellos de las tlapalerías con aire antiguo que hay a lo largo de la misma y que, por desgracia, ya no son muchas, lugares que con su solera nos cuentan que han estado allí desde ¿quien sabe cuando?

Abren cada día y nos envuelven con su aroma a naftalina y sus enredadas imágenes de estropajo desmarañado entre los pasillos; sus cubetas de latón, que se niegan a desaparecer del cuadro costumbrista de la ciudad y que conviven día a día con productos como naipes marca Gallo, ceras para calzado, tiras de rastrillos, cera de Campeche, jabones Roma, Zote y Palmolive, bolsas de yute y plástico para el mandado y redes entre las cuales se asoman, ansiosas de ser “echadas al suelo”, las canicas de nuestros niños.

Nuestra apreciada calle de Jesús María es como el convento que dio origen a su nombre: misteriosa, es madre como María, es alegórica, salerosa, tradicional y bella, tan bella como fueron las monjas que profesaron en mencionado lugar. Es vieja y es también muy mexicana, y esto nos lo muestra desde aquellos comercios que han dado vocación a la calle y entre los cuales se encuentra la benemérita tlapalería La Zamorana.

¿Acaso hay algo más elocuente y sincrético que una tlapalería? Hija del náhuatl tlapalli que significa color y de la desinencia española ria, alusiva a lugar. ¿Acaso hay algo más digno de goce que contar con el más antiguo de estos establecimientos en el numero 12-A de la calle tan mencionada en este escrito? Así es, hablamos de La Zamorana, la cual, en su letrero se ostenta como “tienda de maravillas S.A. de C.V.” ¿acaso hay algo más fantástico que una tienda de maravillas S.A. de C.V.?

Visitar La Zamorana en vísperas del aniversario de nuestra Independencia, o de la festividad del día de muertos o navidad, es toda una experiencia que nos reconcilia con lo que somos. Dése la oportunidad y piérdase entre ese universo de materiales coloridos que dan forma al papel picado, a las campanas, banderas, festones, escudos, estandartes, alegorías, máscaras de cartonería, marionetas, bigotes, maquillajes y miles de artículos de fábula.

Este es un comercio que hace honor a su oficio. Imagine que un día corrió el temor y el asombro de los habitantes de la antigua Merced ante la noticia de que desde La zamorana, emanaba un líquido color rojizo. Por supuesto, las oraciones no se hicieron esperar y la intención de colocar veladoras surgió desde muchas vecinas afligidas por el hecho de vislumbrar el cuadro más catastrófico y sangriento de la historia de la calle. Cuando la propietaria, la memorable doña Socorrito, abrió su negocio, calmó todas las aflicciones al dar por enterado que se trataba de la combinación de los polvos de anilina roja y la creciente de la inundación propiciada por tremendo aguacero la noche anterior. No dude ni tantito que ante el rumor acerca de este hecho, más de un alma exclamó, ¡Jesús, María y José!

La Zamorana, con su presencia desde hace más de cien años, ha dado vocación a esta calle y hoy vemos comercios que ofrecen un extenso surtido en artículos para hacer de una simple celebración todo un escenario carnavalesco y fantástico.

Vale la pena darse una vueltecita por estos rumbos de la añorada Merced y recetarnos una buena dosis de aquello que nos ha aportado virtudes como la imaginación, la tradición, la creatividad, el gusto por la fiesta y los rituales, el amor al color, en fin… allí están nuestras calles del centro como madres amorosas que nos acarician cuando nuestro rumbo parece desdibujarse entre malas noticias y tiempos confusos. Al paso del tiempo, Jesús María sigue allí, con su Zamorana, con su gente, con sus fantasías a la venta y sobre todo con la invitación al goce de nuestro patrimonio cultural y de las buenas compras: Porque recuerde que…
Si en el centro no lo encuentra, es porque todavía no se inventa.

*Revista Ritos y Retos del Centro Histórico, septiembre 2008, año IX, no. 47.

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