Colegial en San Ildefonso


Colegial en San Ildefonso

Publicado 16 Jun 2011

Por Jaime Torres Bodet (1902-1974)

La muerte del Presidente Madero desencadenó en el país un movimiento de profunda de rebeldía. A pesar de lo cual nuestros trabajos escolares se reanudaron. ¡Pero en que circunstancias! Huerta no vaciló en ordenar la militarización de la Escuela Preparatoria. Al leer la noticia, sentí deseos de no volver a San Ildefonso. ¿Dónde inscribirme?

Entre las aventuras de una enseñanza privada y los métodos militares que el Gobierno nos imponía, no sabíamos que escoger. Mi padre, poco afecto a la indecisión, determinó que debería yo continuar en la Escuela Preparatoria. Le ofendían, tanto como a mi madre, los procedimientos de Huerta. Pero conservaba, de sus años mozos, cierta debilidad por las armas. Y un instintivo respeto para los lujos del uniforme.

La Comandancia distribuyó en tres grupos a los alumnos. Con los mayores, del cuarto y del quinto años, constituyó un escuadrón de caballería. Con otros, de edad escolar menos avanzada, formó la banda y el cuerpo de zapadores. En la infantería -más numerosa- ingresamos todos los “perros”, sin protestar.

Por lo pronto, la militarización se redujo a una fórmula intrascendente. De 11 a 12, en lugar de encerrarnos en el gimnasio, los prefectos nos alineaban, a lo largo de patios y corredores, para llevar a cabo prácticas de instrucción. Del capitán que me tocó en suerte, no recuerdo sino la voz -imperiosa, rápida y clara- con que mandaba: “Media vuelta a la derecha… ¡Arrrchen!”

Aquellos juegos se complicaron. En la mañana del 7 de agosto de 1913, el coronel Osorio procedió a la distribución de los máuseres que había decidido confiarnos el director de la Ciudadela. No imaginaba yo tan incómodo el porte de un instrumento de destrucción. La gruesa correa del mío se me incrustaba en los dedos profundamente. Y la grasa del cerrojo parecía destinada más a mancharme las mangas del traje que a prevenir las parálisis del gatillo.

Los sargentos nos dijeron que recibiríamos en breve el parque y las bayonetas. Mientras tanto, aquellos fusiles servían tan sólo para hacemos mas fatigosas las marchas que realizábamos desde la estación de San Lázaro hasta la escuela. Era absurdo preparamos así. En el fondo, los 874 reclutas que componíamos el grupo del primer año empezábamos a creer en la posibilidad de vencer a cualquier adversario con nuestras armas.

Los corazones de todos mis compañeros palpitaron con entusiasmo cuando, el 12 de septiembre, el director de la escuela entregó al abanderado la insignia de tres colores por cuya gloria, de modo unánime, ambicionábamos perecer. Cuatro días más tarde, con una gorra de oficial balcánico en la cabeza, acalorado el cuerpo por el paño verde del uniforme y ceñidas las pantorrillas por las polainas reglamentarias, participe en el desfile del 16.

La primera hora de plantón, frente a la Alameda, no nos pareció en realidad demasiado larga. Muchos de los estudiantes charlaban, hacían chistes, comentaban las bromas del oficial a cuyos cuidados el comandante nos confió. Algunos encendían de vez en cuando un “habano negro”. Otros, que ya presumían de tener novia, se disponían a desfilar con pasión frente al Salón Rojo. (En los balcones de aquel cinematógrafo era costumbre que las familias acomodadas se reuniesen, los días de fiesta, para aplaudir el paso de cadetes.)

Principiamos a caminar hacia la calle de San Francisco. El redoble de los tambores nos ayudaba a avanzar con relativa marcialidad. Encajonado por las fachadas, el acento de los clarines incendiaba de púrpura el espectáculo. A la altura del Salón Rojo, varias personas gritaron: “¡Viva la Escuela Preparatoria…!” Aun a riesgo de merecer un reproche del teniente, nuestro sargento se inclinó a recoger un clavel que una señorita le había lanzado.

Regresé a casa rendido. De buena gana, me habría cambiado de ropa inmediatamente. Pero reintegrarme al traje civil, en un día como ese, habría sido una especie de deserción. Por la tarde, salí a la calle. Tenía prisa por volver a llamar la atención de los transeúntes. Pronto me percaté de lo efímero de nuestro éxito colectivo. En el tranvía, ni el motorista se fijó en mi.

 *Jaime Torres Bodet, Tiempo de arena, memorias, México, Fondo de Cultura Económica, 1955.

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